
Los dos tuvieron un feliz amor
unidos siempre como cielo y tierra
en horizonte que a los dos aferra:
un mismo espíritu, un mismo color.
Los dos tuvieron un feliz amor
que terminó cuando llegó la guerra:
el amado partió para la sierra
y ella se marchitó como una flor.
Una noche lo trajo un centinela,
cadáver aún más blanco que el armiño
pero lleno de pálido cariño.
Ella se consumió como una vela:
se convirtió en la dama de la noche
la que perfuma a mares en derroche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario